Tenemos rey.

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Hoy me trasladé al pasado {un pasado demasiado presente o un presente demasiado pasado}, cuando a las 12h del mediodía comenzó la sesión de apertura solemne de la Legislatura.

Nos convocan a diputado(a)s y senadora(e)s en el hemiciclo del Congreso, nos anchoan cambiando los escaños por sillitas; y todo el mundo se espabila a coger sitio, en una lógica de robo de espacios y visibilidades que se resume en tonto el último.

Hay conversaciones, reubicaciones y tensiones, y mientras tanto el orden espera fuera. Militares de todos los colores y sus vestidos de gala. Hay tricornios y banderitas. Botas negras, condecoraciones y bayonetas. Guantes blancos, boinas y metralletas.

Y llega el rey. El “ciudadano Felipe”, que dicen siempre los de Izquierda Unida. El rey, la reina y dos niñas en edad y horario de escolarización obligatoria; les acompaña Rajoy.

Saludos a autoridades y entrada al hemiciclo. Y aquí las reverencias: cerca de quinientas personas de pie, aplaudiendo la entrada. Un aplauso largo, larguísimo, del que nosotro(a)s no participamos.

No hemos votado a ningún rey. No nos levantamos ni aplaudimos a un jefe de Estado que la gente no ha elegido: que no se somete a la democracia. El republicanismo tiene que ver con eso; con una democracia completa y con la libertad, la fraternidad, y la igualdad entre toda la ciudadanía. Nadie es más que nadie, no hay excepciones.

Hoy, en la sede de la soberanía popular, hay un rey inaugurando una Legislatura. Le acompañan protocolos y parafernalias, y herencias de regímenes que se hunden en el pozo de los tiempos. Faltaron capas largas, también coronas.

Habla la presidenta del Congreso. Palabras desperdiciadas, las suelta vacías de contenido. Respeto, unidad, pluralismo, convivencia. Prestigio, instituciones, bienestar, pueblo español. Majestades; Somos una gran nación.

Y habla el rey. Logros, libertad, dialogar. Convivencia y progreso y los pueblos de España. Cohesión, credibilidad, confianza, futuro. Estado de bienestar, familias, el interés general, los retos que España debe afrontar.

Alberto Garzón, sentado a nuestro lado, no trae cara de alegría. Sara Vilà me comenta que se siente irreal, en un teatro, y Joan Comorera está indignado.

Es justo el momento en que el discurso del rey se refiere al perdón, y repetidamente a la reconciliación; “Hace 40 años iniciamos el camino de la reconciliación, la paz y el perdón”. ¿Qué perdón?

Hubiera sido más interesante aprovechar el momento y la oportunidad para hablar en nombre del Estado pidiendo perdón y prometiendo reparación por las muertes del Franquismo. Pero no; cuando dice perdón quizás querrá decir silencio.

El acto ya se acaba. Felipe se anima a hablar de “regeneración de la vida democrática, regeración moral, valores éticos y referencias cívicas” siendo él un rey. Un rey. No me canso de repetirme el concepto.

Recibe otro levantamiento de culos mayoritario y un aplauso largo, entusiasta y reverencial; que nos deja un poco solas, muy convencidas, calladas y sentadas.

Y así concluye la mañana. – Queda inaugurado el pantano de la Legislatura.

Terminado el acto, se crea una fila de diputada(o)s y senadore(a)s en el pasillo del Congreso. No entendemos qué hacen hasta que alguien nos lo cuenta. Un pasamanos. Una cola para poder acercarse al rey y darle las manos.

Nos marchamos desconcertadas, dejando atrás la escena, superando el enjambre de periodistas que esperan peces gordos, y observando de reojo las tropas militares que, después de esperar toda la mañana, parece que ahora, ya sí, desfilan.

No he visto ninguna cabra.

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