Sobre el amor y el odio.

[ Català / Castellano ]

Las sensaciones gruesas me cortan la palabra. Me dejan muda. Y recuperar el habla necesita tiempo. Paso semanas sin escribir, y hoy lo hago sin destreza.

Y es que éste no es un verano como los demás. No he ido a ninguna parte. Los días son largos y se parecen entre sí, huelen a los veranos de la niñez. Aquellas tardes de horas lentas, el abuelo y el televisor, los cuadernos de ejercicios. Salir a jugar cuando cae el sol. Pero no es la mía, la infancia que se prepara.

Sobre el amor.

A finales de Julio vi nacer a Bruna. Y un sentimiento enorme que se instaura, desbordante. Un amor hiriente. De tan reluciente, duele. Y te tiemblan las piernas. Una persona que no estaba y ahora está. Mi hija, repites; y suena imposible.

Es la vida y toda su furia. Una belleza inmensa concentrada en un cuerpo tan pequeño. Aquellos labios. Unos ojos de un azul intenso. La piel enrojecida, arrugada. Y una fragilidad que hace temblar el corazón.

Acostumbrarnos la una a la otra. Las unas a las otras. Sus ritmos, sus llantos, los bostezos. Qué le pasa, qué quiere. Dedicar todas las horas del día a amarla, y descubrir un placer delicioso en dejar pasar el tiempo observándola, sujetándola, viéndola dormir.

Desde entonces, la vida pasa a otro ritmo, y todo lo que queda fuera te llega lejano, lento, matizado, al ritmo de la falta de sueño.

Sobre el odio.

A mediados de Agosto, sin embargo, el verano se rompe. Las noticias, el atropello masivo, el desastre. Todas aquellas personas asesinadas. Y el dolor tan próximo, que por próximo – injusta y humanamente – se hace tan propio. Mis ramblas, mi gente, mi dolor. La barbarie. Unas migas de la barbarie que viven permanentemente otras partes del mundo. De la que huyen los que huyen.

Un pensamiento total. Totalizante y delirante. Destructor. Vinculado a guerras lejanas – si es que la palabra lejos sigue teniendo sentido en el mundo de estos tiempos nuestros -. Arraigado a agravios anteriores y a negocios prósperos entre élites de todos lados. Y como siempre, los que mueren no tenían rostro.

Y el absurdo, al saber que la barbarie se ejecuta por manos de unos cuantos chavales, que eran de aquí pero nunca suficiente; de los otros; este “nosotros y los otros” siempre focalizado en la fractura.

Y el debate público que se envenena. El racismo que aflora, que ya estaba pero ahora pierde la vergüenza. La carroña mediática. La manipulación política que no se sabe reprimir; los bolardos, las banderas.

Y doy vueltas a la repetida palabra; la integración. Y miro a mi alrededor, mi gente, mis amigas, mi barrio. Dónde está la integración, porque aquí no. Compartimos los espacios, las calles. Nos entendemos si hablamos, pero no hablamos. Sencillamente nos encontramos, uno(a)s tras otra(o)s en la cola del supermercado, pero; no compartimos la vida. No integramos vivencias, culturas, no hacemos de la mezcla algo normal, mejor.

Y el odio que conducía aquella furgoneta provenía de otros odios, y venía a sembrar más. A sembrar miedo. A sembrar rencor. A atizar el odio a la diferencia.

Sistemas de vida cada vez más cerrados; fronteras altas. Que calle la música.

Sobre el amor.

Ha sido maravillosa la solidaridad desplegada. Inmensa. Preciosa. Ciudadana. Llantos y manos y velas en la rambla. Servidores públicos y personas anónimas, todas una.

Un detalle; hay una fotografía de un hombre que abraza otro hombre. Uno es el padre de un niño de tres años, un niño asesinado por la barbarie. El otro es un imán. Llora. El abrazo grita: sentimos un mismo dolor y nuestra respuesta es el amor. Aquella imagen la tengo clavada en el corazón.

Y de camino a la manifestación de Barcelona, ​​que somos miles y miles y más miles y no tenemos miedo, que no estamos dispuestas a permitir que el miedo, el rencor o el odio guíen nuestras vidas, condicionen nuestros actos o nuestro pensamiento;

comentamos que es increíble que la mejor respuesta, la más lúcida, empática, amorosa, esperanzadora, nazca de las personas que sienten en propia piel el ardor del dolor. Un dolor inimaginable, indescriptible, y sólo pido una cosa.

Una cosa: pido, para Bruna, un país a la altura de aquel abrazo. Un mundo entero a la altura de aquel abrazo. Un mundo de paz, de amor al otro, a la otra. Seamos digno(a)s del respeto de las víctimas, entre ellas este hombre al que le han arrebatado un hijo.

Consigamos ser un solo pueblo. Un solo mundo. Valiente, solidario y digno.

 

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