Será un niño, será una niña.

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Mañana, día 8 de Marzo, mi pareja tiene una cita crítica en el hospital. Yo también la tengo, pero no tengo manera de acompañarla.

Y es que mañana, mientras yo subo a la tribuna del Senado a exigir poner en marcha un sistema de cuidados público, porque cuidar es un trabajo fundamental para la vida, un trabajo duro al que no damos valor, que no remuneramos o lo hacemos precariamente, que no contabilizamos, que no genera derechos y que lo cubrimos mayoritariamente (83%) las mujeres porque “pertenece a nuestro rol” – ella se estirará en una camilla blanca.
Y mañana, día 8 de Marzo, día de las mujeres trabajadoras, mientras yo grito que las mujeres estamos hartas, de los sueldos precarios, de las dobles jornadas y dobles presencias, de la pobreza, de la exclusión y de la violencia que recibimos; y que no queremos cubrir en soledad la responsabilidad de cuidar, que queremos también a los hombres, y que queremos también al Estado implicado en un cuidado compartido donde éste tenga centralidad y valor; – Ella mirará una pantalla mientras un hombre pasea una máquina y un líquido frío por su redonda barriga.
Y resulta que mañana, 8 de Marzo, mientras explico que tenemos un Estado que no invierte en las personas y que hacerlo es fundamental, pues invertir en servicios de cuidado para la gente de mucha edad, de poquita edad, con diversidad funcional o en cualquier casuística, pues todos y todas necesitamos que nos cuiden en algún momento de la vida; pues mientras expongo que invertir en asistencia personal tiene muchísimas ventajas; de creación de puestos de trabajo y recuperación económica, de generación de bienestar para la sociedad, y evidentemente de justicia de género; – Ella verá a nuestro hijo, nuestra hija, en blanco y negro en una pantalla. Le verá los deditos. La nariz. Los pulmones.

Y así es como mañana, día 8 de marzo, mientras trato de estar a la altura de la lucha de las mujeres trabajadoras, de nuestros anhelos, de nuestros derechos y de “la idea radical de que las mujeres también somos seres humanos”, mi compañera recibirá una palabra que deseamos que no sea una sentencia; Es una niña. Es un niño. Y a continuación nos hablaremos por teléfono, añoradas, para decirnos que nos da igual el cuerpo que tenga; pues nosotras sólo deseamos que sea buena persona, que sea feliz, y evidentemente – evidentemente! -, que sea feminista.

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