No es lo trans, es lo pro-género.

Carta a mis hermanas feministas.

Estoy rodeada de mujeres – me incluyo – que hoy se sienten amordazadas por el nivel de violencia que se ha instalado dentro del campo de fuerza feminista: una guerra civil suicida con motivo de lo trans.

Así que hoy me sirvo de la palabra escrita, que me es la más cercana al corazón, para tratar de descallarme ante vosotras, compañeras. Pues no puedo evitar observar una confusión conceptual tremenda, encomiables objetivos de vida libre, pero complicadas bases ideológicas para ello; y creo sinceramente que nos toca un repensar.

Lo primero que quiero decir es que me parece terrible el actual cierre de posiciones en base a eslóganes intocables. Lo cierto es que todo lo que rodea las vivencias trans viene envuelto en una especie de régimen de excepcionalidad y hermetismo que creo contraproducente.

Estamos ante algo sobre lo que no se permite debatir (pensar). Así que las miradas divergentes que una pueda tener, por miedo o por respeto, las acallamos. Por miedo a ser insultadas, despreciadas – tránsfoba: ¡mala persona! -. O por respeto a lo que se entiende como una otredad absoluta.

Ello sitúa lo trans como algo radicalmente ajeno. Que no me incumbe. Nada mío. Y se opta por un silencioso asentimiento, aunque una no comprenda/comparta, sustrayendo un punto de vista alternativo que – ¡qué locura! – quizás podría para algo servir. Esa actitud sí me parece que tiene algo de transmiedo.

Yo creo que la experiencia trans no es tan lejana a otras experiencias de malestar de género que impactan sobre el cuerpo y que de una forma u otra tenemos todas. Y que la consideración al otro pasa por hablarnos de igual a igual, sin miedo, no por asentir misericordiosamente sin comprender. Así que me dispongo a discutir algunas cosas, y ojalá se entienda que eso es, para mí, mostrar respeto.

Pues bien. De la escucha de la expresión de necesidades y reclamo de derechos que requieren para sí las personas trans, lo que yo entiendo es, básicamente, que necesitan no ser tratadas como enfermas ni con estigma, que el cambio registral de sexo deje de serles un infierno, atajar la tremenda violencia que reciben cotidianamente, y mecanismos de inclusión social de todo orden, desde lo laboral a lo sanitario a lo educativo a lo social.

Creo que ese conjunto quitaría toda una manta de dolor cotidiano a quienes, habiendo nacido de un sexo, lo rechazan y se identifican con el otro sexo, y creo que ello debe abordarse por la vía política y legal, efectivamente.

A eso añado mi convencimiento de que quienes luchan desde el movimiento trans y quienes han cambiado/cambian/cambiarán legislación en la materia, lo hacen anhelando mejorar la vida de las personas trans, y estoy igualmente convencida de que es de justicia proceder a ello;

pues ese es un colectivo extremadamente violentado y excluido, que está requiriendo de legislación y política pública específica para desplegar su vida libre en condiciones; y me parece importante quitar dolor, machismo y agresión al cuerpo al proceso de cambio registral del sexo (al que ya tienen derecho); el despliegue de políticas de acción positiva para su plena inserción; así como políticas para la atención, protección y sensibilización contra la violencia tránsfoba y machista que soportan cotidianamente.

Al mismo tiempo, creo que existen distintos enfoques desde los que acercarse a la cuestión; y opino que el discurso mayoritario que puedo escuchar en relación a lo trans, el discurso que tiene mayor altavoz (y el que creo que impregna el borrador de ley que trabaja el Gobierno);

se está valiendo de un paradigma ideológico muy conservador del género, en tanto que esencializa y blanquea el género – y eso perjudica a las mujeres y a lxs peques; en este texto trataré de explicar porqué -;

a la par que somete el cuerpo y se acerca al mismo como a un objeto de consumo – pues reclama como carta de derecho de ciudadanía la autodefinición y modificación del cuerpo para su adaptación a un sentir.

Así, defendiendo la necesidad de abrir vidas más libres para las personas trans y para el conjunto de las mujeres, y precisamente por eso, paso a exponer mis peros a esos planteamientos hegemónicos y a su devenir en ley; así como a reclamar que sean escuchadas otras voces, las del activismo trans crítico y el abanico de posiciones feministas materialistas, clásicas y radicales que ofrecen miradas distintas a la cuestión.

Y excepciones hay, y son sangrantes, pero creo que es obvio que tantas feministas no han enfermado de transfobia de golpe. No se puede tachar de transfobia a toda mínima crítica a unos planteamientos sobre el género que aspiran a ser ley general.

Porque ese es el quid de la cuestión. Que lo que muchas feministas confrontan, a mi entender con razón, no versa sobre las vivencias trans sino sobre el pensamiento pro-género, esencializador del género, que – valiéndose de lo trans (y no solo de lo trans) – hace tiempo que se abre paso.

Lo que confrontan, a mi entender con razón, es un deslizamiento ideológico, cultural y al fin legal, que nuestras sociedades de un tiempo a esta parte están siguiendo; y que lejos de enfocar específicamente la mejora de la vida de un colectivo minoritario pero violentadísimo como es el de las personas transexuales; lo que decreta son cambios generales que reinscriben el género, para todas, como un derecho y como algo innato y natural. Y el absoluto sometimiento del cuerpo al género.

Se acusa a estas feministas de reaccionarias, de conservadoras; ¿pero acaso lo conservador no es querer a toda costa conservar el género? ¿Creerlo natural? ¿Defender que habita y se manifiesta desde el interior de cada cuál? ¿Acaso no es reaccionario derivar del género el ser mujer?

Y es que sobre la cuestión trans considero que es posible pensar (y legislar) en feminista y es posible pensar (y legislar) en patriarcal. Lo mismo que sobre cuidados. Lo mismo que sobre protección de las víctimas. Lo mismo que sobre cualquier cuestión.

No es lo mismo desplegar cuidados apoyándote en la estructura pública que apoyándote en las mujeres de la casa. No es lo mismo desplegar protección policial controlando los movimientos de la víctima que las del agresor. Y no es lo mismo desplegar una campaña contra la violencia sexual transmitiendo un No salgas sola o un La calle es de todas.

Así pues, no será lo mismo legislar sobre lo trans desde el paradigma del cuerpo equivocado (cuerpo a remendar), que desde el paradigma de que es la rigidez del género la que provoca malestares sobre el cuerpo (algo a desincentivar).

Para legislar feminista sobre lo trans, muy pero que muy humildemente lo sugiero, considero que deberíamos ser capaces, al mismo tiempo, de legislar para aumentar agencia y calidad de vida y para frenar las violencias machistas que se perpetran contra las personas transexuales, y asimismo combatir posiciones ideológicas pro-género, biologicistas, esencializadoras del género, agresivas contra los cuerpos y encorsetadoras en estereotipos, una pulsión que nos acompaña siempre y que es capaz de colarse en toda clase de legislaciones. Y me pregunto; ¿estamos pensando y legislando feminista sobre lo trans?

Matar el género.

Lo que yo aprendí, durante años, del feminismo, es que el sexo es tu biología, y que el género es aquello social (e histórico) que se le impone a cada sexo.

El género, aprendí, son los roles socialmente construidos, los comportamientos, las actividades y los atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres.

El género es las mujeres cuidan mejor, que son más dulces, y los hombres lideran mejor, que son más competitivos; es las niñas prefieren peinar muñecas y los niños son más movidos.

Así que el género no se elige. Cierto. Pero mucho menos se manifiesta como una verdad interior que debe reconocerse sin más. No es innato. Ni individual.

El género es orden social. Un montón de normas y roles sociales en rosa y azul, que nos caen encima a hombres y mujeres, que nos segregan y desigualan desde el momento de nacer.

El género es relacional. Relación patriarcal. Un conjunto de características, funciones y roles que cada sociedad asigna a hombres y mujeres de forma diferenciada, binaria y contrapuesta. Desigual.

Así que el género, solía decir el feminismo; se combate.

La historia entera del feminismo es una historia de lucha contra el género. Perseguíamos liberar nuestros cuerpos del mandato social. Acabar con el determinismo.

Que nacer mujer no nos lima la inteligencia, decíamos al principio, y que debiéramos poder ser aceptadas en la educación también. Que por nacer mujer no se nos puede dejar fuera de la ciudadanía y el voto, decíamos ya en primera ola, ni relegarnos a las peores condiciones del trabajo. Que por nacer mujer no merecemos subordinación, caiga la opresión de un sexo sobre el otro, segunda ola, en lo privado y en lo público; y que por nacer mujer nuestros cuerpos y coños no están a vuestra merced y libre adquisición. Que nacemos mujeres, sí, tercera ola, pero unas lo tenemos más jodido que otras, que las desigualdades interseccionan. Y que nacer mujer no nos quite el reconocimiento que merecemos. Que nacer mujer no nos empuje a la pobreza y al trabajo invisible y de más. Y finalmente, que por nacer mujer metoo, hermana, que yo también lo he vivido, amiga; que sé lo que es nacer mujer, crecer mujer, sobrevivir mujer.

La nuestra es una lucha eterna contra el género. Y el género no es otra cosa que sus estereotipos.

Y es por eso que decimos que un niño puede andar con faldas y pintalabios y eso no lo hace niña en cuerpo equivocado, sino niño libre. Que la niña puede amar los camiones, o los taladros. Una mujer ser astrofísica. O un hombre bailarín.

Que una mujer puede mostrarse intrépida, agresiva o descarada. O no querer parir. Un hombre llorar a cántaros, susurrar miedos o secretos, tener amigas, y eso no lo vuelve ni homosexual ni mujer. Una mujer pedir más sexo. O un hombre la baja pues resulta que todo su anhelo es paternar.

Perseguíamos libertad. Cargarnos el género.

Eso, y por supuesto, que el universo generizado en rosa dejara de tener menos valor social que el azul. Que limpiar un hospital no vale menos que dirigir un banco.

A todo ello: Si el feminismo que yo conozco y con el que yo crecí andaba profundamente equivocado podré asumirlo: pero necesitaré menos insultos y más argumentos. Fundamento.

En su ausencia, presento aquí mis peros a todo lo referido a la identidad de género como derecho. No porque el género no cree identidad, que la crea, sino porque el objetivo es que deje de crearla, no blindarla como un derecho. El objetivo es despojar a los cuerpos, lo máximo posible, del género y sus tremendos mandatos opresivos.

No tiene nada de avance feminista el hacer (volver a hacer) derivar del género – autodeterminación de género, decimos, no de sexo, ¡de género! –, es decir de con qué universo generizado en rosa/azul te identificas; el ser hombre o ser mujer.

Y creo que no hay transfobia alguna en nombrar la diferencia sexual. La nuestra es una especie sexuada y nacemos con cuerpos de hombre o de mujer – excepto unos pocos casos intermedios, la intersexualidad, también muy violentada -. Y es en función del sexo que se nos observa al nacer que nos cae encima todo el peso del género y su violencia.

A las mujeres nos suceden un sinfín de cosas por el hecho de nacer mujeres desde el mismísimo momento en el que se observa que tenemos coño. Naces. Lloras. Coño. Clac. Agujerito en la oreja, una marca de que eres la otra, la alteridad a la norma, que nacer hombre es lo normal y a la niña se la marca como diferente a lo natural. Aquí está tu género subalterno, ya vas a ver.

Y creo que debemos poder seguir nombrando lo que nos pasa en barrido general imperfecto; por ejemplo, nombrar que las mujeres tenemos la regla aunque no la tengan todas ni en todas las edades, o señalar que la capacidad reproductiva – el control de la misma – está en el origen de la dominación de un sexo sobre el otro, aunque no todas podamos parir.

Si ya no podemos nombrar lo general por cuidar lo particular, dejemos de enseñar en la primaria que el ser humano tiene cinco sentidos, o dos piernas y dos brazos, pues hay personas que no los tienen. Si ya no debemos nombrar lo general por lo particular, no te quedan herramientas para la agrupación, y ello lleva claramente a la despolitización.

De la misma manera que la diferencia sexual existe, existe la transexualidad. La vivencia abismal de tener un sexo y sentir que perteneces al otro. Una dolorosa extrañeza persistente de no encajar. Un malestar intensísimo y a veces insuperable respecto al cuerpo. Pero es que el cambio en el DNI es un cambio de la mención de sexo y ser nombrada en base a ese otro sexo es de lo más básico para las vivencias trans (y obviamente, toda intervención hormonal o clínica sobre el propio cuerpo, es un cambio relativo al sexo).

¿Por qué motivo, entonces, estamos blindando el género como derecho e identidad? ¿Por qué hemos cesado en nuestro afán por destruirlo? ¿Qué clase de retroceso ideológico es asumir que es el género el que te hace hombre o mujer?

Lo cierto es que ha operado en los últimos años un desplazamiento conceptual y cultural de mucho calado e implicación y que lo hemos acatado sin ningún atisbo de mirada crítica. Ese traslado de la definición del concepto “mujer” desde el cuerpo hacia el género y desde algo físico a algo sentido y subjetivo, ello deriva en múltiples aristas.

Existen críticas jurídicas que alertan sobre que ese desplazamiento compromete no solo la posibilidad de nombrar la base de la opresión hacia nuestra mitad de la humanidad, sino también las políticas públicas específicas para las mujeres, cuando “las mujeres” deviene en algo absolutamente imposible de definir. Ya me perdonarán pero eso no son debatuchos intelectualoides: eso son serias alarmas feministas que se deben, qué menos, considerar.

Y os puede parecer exagerada esa acusación de desplazamiento general de sexo a género, pero la tendencia está ahí. En los últimos dos meses, hasta tres veces se me ha preguntado por mi género donde antes se me preguntaba por mi sexo – y mi respuesta fue neutra, que género no tengo o trato de no tenerlo (y ello no me hace no mujer). Así quedó eludida la información sobre mi sexo, incluso por parte de organismos oficiales, e incluso en un contexto hospitalario, rellenando la documentación previo a intervenir mi útero, previo a un aborto: algo radicalmente relacionado con mi sexo. Con mi condición biológica de mujer.

Desetiquetar la infancia.

De asentarse el pensamiento progénero que se abre paso, que reescribe su significado, que lo blanquea y positiviza, y que lo hace a cuestas y aprovechándose de la imperiosa necesidad que existe de actuar para mejorar la vida de las personas trans; de asentarse ese pensamiento progénero que clama que el género es algo innato que debe reconocerse sin más, que el género es lo natural, que lo tienes dentro, y que tu derecho es hormonar/mutilar tu cuerpo para adaptarlo a tu sentir de género; lo que más me preocupa es su afectación a la coeducación. A las peques.

No consigo ver nada positivo en generalizar la idea para nuestros niños y niñas de que si se identifican con el otro género lo que pasa es que puede que su cuerpo esté mal. Que en realidad puede que sean del otro sexo, y que por eso te identificas con lo que hacen, juegan, visten o hablan. Y que se ofrezca, sin permitir a su familia tratar de desincentivarlo, un camino preventivo de derechos hacia bloquear la pubertad y agredir el cuerpo. Hacia eso andamos, y contra ello presento un cartel luminoso de alarma.

Mi hija de tres años se pasa el día corrigiendo al mundo entero. Veo cómo se hastía. Que cada día la llaman niño por no mostrarse ella lo suficientemente rosa. Que le faltan complementos. Brillos. Lazos. Unicornios. Ni cuando va de rosa es lo suficientemente rosa. Y ella – ¡que soy una niña! – está hartísima. Una niña algo mayor le ha contado que si no te gusta ser niña lo dices y te quitan la vagina. La tengo estupefacta. Claro que eso no es así; os hablo de la decantación de un discurso. Pues bien: si un día mi hija, en lugar de problematizar lo que le dice el mundo, problematiza su cuerpo: eso será por mi parte amorosamente desincentivado. Tal cual como lo hago ya con su pelo, rizado y anaranjado, que hoy ella lo rechaza pues las niñas que la rodean son de melena lisa; así trataré de ayudarla a amar su cuerpo, sea éste como sea, y eso jamás será un discurso de odio. Ese será un absoluto e incondicional acto de amor.

Creo que lo que debemos decirle, y con mucha fuerza, y urgencia, a la infancia, es que su cuerpo está bien. Que está todo bien. Que a tu cuerpo no le pasa nada. Que es perfecto, así como es, y bello, y válido. Gordo o delgado. Negro o rosado. Con o sin piernas. Con o sin pene. Con el nombre que tienes o con el que te inventes. Con un atrezzo de género, del otro, o sin él. Que tu cuerpo está bien, porque sencillamente es el tuyo y te vale para vivir.

Y si ese es un dolor que no logras saltar, si a la larga acabas necesitando cambiar tu cuerpo, porque no puedes con ello y porque el patriarcado pesa horrores, pues qué se le va a hacer, mujer, pero oye, ojalá no lo necesites. Ojalá puedas amarlo. Que sé que cuesta porque puto patriarcado, oye; puto patriarcado que nos enseña a odiarnos. Y sí, tu cuerpo es tuyo, tuyo es. Pero ten claro que, en este sistema de mierda, conseguir amar tu cuerpo es lo más revolucionario que harás en tu vida.

Lo que os digo: opino que la agresión al cuerpo debe ser desincentivada. Lo mismo para quien se plantea agredir su cuerpo para cuadrarlo con el género que se le supone propio, que para el contrario.

Si no acatamos sin mirada crítica (ni blindamos como derecho incuestionable) que una adolescente sienta que necesita ponerse tetas para poder sentirse bien con “su” género, tampoco acatamos sin mirada crítica (ni blindamos como derecho incuestionable) que una adolescente sienta que necesita quitárselas poder sentirse bien con el otro género.

Es básico el acompañamiento crítico y feminista para comprender que el género es basura social, y que tu cuerpo está bien como es, pues es el tuyo y te sirve para la vida.

Y si no es suficiente que lo diga el feminismo, recójase la idea de que discursos trans no hay solo uno; y que de hecho hay activistas trans críticos tratando desde hace décadas de combatir el discurso medicalizador hegemónico, tratando de desesencializar el género, combatiendo esa idea de que naces en un cuerpo equivocado, situando el malestar y necesidad de cambio corporal que viven elles no en un lugar esencial-alma, no en un cerebro rosa en un cuerpo azul; sino como una salida que han encontrado, la única que les ha servido, para moverse en un mundo jodidadamente generizado. Esa sería, pues, su gestión del malestar de género.

Y me pregunto: ¿si estuviésemos ante un malestar que resultara ser de base social y cultural, en ese caso, la respuesta principal política no debiera serlo también? ¿Una respuesta que, a favor de todas y todes, destroce o por lo menos afloje el género? ¿Que ponga el bisturí en lo cultural y no en lo corporal? Y pregunto: ¿Con las legislaciones que tenemos entre manos, apretamos o aflojamos el género? Porque mucho me temo que lo apretamos, y lo que es seguro es que como mínimo nos conformamos con él. Claudicamos.

Y sigo: desde ese activismo trans crítico, la despatogización no es sencillamente dejar de considerar la transexualidad una enfermedad. Significa también dejar de entender la cuestión trans como algo biológico (trans se nace) y como algo que requiere de soluciones médicas (hormonas, bisturí), y acercarse a lo trans como algo social, político y cultural.

Alejar la transexualidad de la idea de patología y enfermedad mental, de un problema individual que necesita sí o sí de un tratamiento crónico, hormonación de por vida y cirugía para el reencaje.

Esa es una lectura claramente crítica con el esencialismo de género. Y en consecuencia, crítica con la idea de las “infancias trans” como etiqueta, dudando de la idea de que ya nacemos trans y que solo se necesita una sociedad capaz de verlo cuanto antes mejor, para correr rápidamente a etiquetarlo y bloquear pubertades.

Diría que esa es una aproximación a lo trans mucho más acorde con una perspectiva feminista. Levanta crítica a las posiciones medicalizadoras de los cuerpos, a la idea del cuerpo equivocado, y está mucho más comprometida con la promoción de la libertad de género en la infancia. Esa es una perspectiva interesante desde la que acercarse a la cuestión, me parece a mí; más situada que la que yo pueda ofrecer, y más abierta que los golpes en el pecho en base a eslóganes cuando el feminismo señala pertinentes peros a cuestión.

Volviendo a la infancia y a la adolescencia, sobra decir, supongo, que sobre esas etapas vitales – y de forma mucho más dramática para las chicas – se precipita todo un abanico de malestar de género, de odio al propio al cuerpo, a la regla o mismamente al ser mujer, que no es de orden biológico sino motivada por el peso del género. Esa fue mi vivencia, así fue mi adolescencia, y desde esa experiencia una cosa os digo:

Mucho cuidado con decirle o validarle a personas que tienen problemas para convivir con el género (¿quién no?) que el problema quizás es con su cuerpo. Y que es estupenda opción agredir el cuerpo para complacer el género, en lugar de promover petarse el género para vivir tu cuerpo. ¿Cómo lo vamos a hacer para ayudar a las niñas a no odiar su cuerpo, si avalamos el mensaje de que el género es innato y verdadero, y que tu derecho consiste en someter clínica o farmacológicamente tu cuerpo para calmar el género?

Nuestro legado feminista debe ser frenar la idea de que existen cuerpos equivocados. Es la sociedad la que los mira mal, es la mirada social la que debe ser intervenida. ¡Y descuadrar el cuerpo con el género, por dios, eso es libertad!

Tendrá que serlo.

Yo era portavoz de Igualdad del grupo Confederal de Unidas Podemos en el Senado cuando, en el Congreso, se registraba(mos) una propuesta de ley trans en 2018, una propuesta que venía de los activismos trans mayoritarios organizados y que anhelaba abrir campo de libertad. Creo que ahí estaba la semilla de lo que hoy anda en borrador de Gobierno y de lo que hoy defienden múltiples organizaciones políticas radicadas en la (nuestra) izquierda política de este país.

Y es que un colectivo ultraviolentado reclama(ba) una ley para existir y vivir en paz, así que solo podía recibir nuestro total apoyo y absoluto acompañamiento, nada más que decir. Recuerdo ese 2018 sentirme algo así como no válida/capacitada/convocada para inmiscuirme. No lo vives, no lo opinas. Recuerdo la distancia, el respeto, el silencio. Todavía no había comprendido que lo trans no es algo ajeno, excepcional a todo; que lo trans habla de otres, pero sobretodo habla de todas.

Tras tres años, media revuelta feminista, una brecha abierta con heridas sin precedentes y mucha lectura, duda y escucha plural; escribo este texto, que me duele, y que seguirá en construcción; sobre el que tengo dudas pero con el que estoy comprometida, pues por lo anterior me parece que es deuda.

Y lo que os/nos digo es que esa legislación, una ley trans, nosotras debiéramos ser capaces de plantearla desde lugares radicalmente no conformes con el género. Que no claudiquen ante su poder. Desde lugares que les digan y nos digan a todas – que tu cuerpo es tuyo, pero también – que nadie nace en un cuerpo equivocado: que tu cuerpo está bien.

Mi opinión es que si hablamos de desencajes y malestares y tránsitos respecto al cuerpo/sexo y la mención del mismo, ello no debe impedir persistir en la destrucción del género y es un retroceso blindarlo como un derecho de sentir individual. Y es que además, si consideramos que el malestar con el género puede estar en la base de lo trans, si lo observamos social y no esencializado, aflojar el género es fundamental para reducir malestar con el cuerpo. No aflojas el género si derivas del mismo el ser mujer.

Y por supuesto: no podemos bajar los brazos en relación al cuerpo. Claudicar ante el género. Hay que incluir y priorizar estrategias para positivizar y empoderar el cuerpo, todos los cuerpos, acordes con la identidad, la expresión, la normatividad y los roles, o no. Despatologizarlos, que es también desmedicalizarlos. Y liberar la infancia al máximo de etiquetas, pastillas y corsés. Darles libertad de género: libertad contra el género, de hecho. Y hacer todo lo que se pueda para normalizar el descuadre sexo/género: eso sí me parece combatir la transfobia, y el machismo.

No digo que sea fácil y no pretendo presentar respuestas; solo ordeno pensamientos aquí. Pero hoy tengo la convicción de que las críticas al enfoque mayoritario pro-género sobre lo trans son pertinentes, y no las pocas que aquí presento, sino las tantísimas que se despliegan desde mil lugares feministas – radicales, clásicas y materialistas. Nuestro deber es tener respuestas previo a legislar.

Existen peros feministas a atajar. Esos peros no pretenden cargar más dolor, sino justo lo contrario. Y en el caso de que una parte de estos peros no os parezcan argumentos sino solo miedos, os pido que como mínimo no ridiculicéis el miedo de las mujeres. Porque sabemos de donde nacen, las mujeres, nuestros miedos. Todas lo sabemos bien.

Creo que no le corresponde al transactivismo buscar los encajes.  Tampoco es trabajo del feminismo conocer qué solución. Creo que es responsabilidad de la legisladora desplegar una escucha atenta, aceptar la complejidad de lo que atajamos y legislar para el bien común.

Así que bueno, en mi opinión, creo que –

Deberíamos conseguir levantar vida libre de violencias (machistas, sí, por supuesto) para las personas transexuales, que por descuadrar el mandato de género reciben una violencia cotidiana tremenda, sin para ello acatar acríticamente el sometimiento del cuerpo al género ni esencializar el género que nos jode a todas;

Deberíamos conseguir desplegar ambiciosas políticas de bienestar y mejora de las condiciones de vida de las personas trans, sin para ello amparar discursos como que es un privilegio nacer con vagina – no lo es en ningún lugar del mundo – o que es un privilegio que tu sexo cuadre con un género de mierda;

Y deberíamos conseguir que cambiar la mención del sexo en los documentos legales deje de ser una vivencia cargada de violencias y desapoderamiento – además trufada de machismo, que explican que les preguntan cosicas como que si les gusta cuidar niños para determinar si son mujeres – sin para ello reemplazar el sexo por el género.

Sexo no es Género. Y su suplantación o confusión priva al feminismo de una de sus principales herramientas de lucha. De poder despegarnos, las mujeres, de un lugar social obligado, subalterno y extremo violentado.

¿Es posible ese encaje? Eso espero. Es estéril el conflicto en base a ley trans sí o ley trans no. Ley ya hay, y genera problemas y violencias a las personas trans que acuden a ella, así que debe ser modificada. La cosa es qué se necesita que diga la ley. Qué derechos. Cómo intersectan con los demás derechos. Y en base a qué posicionamiento ideológico.

Así pues, ¿es posible ese encaje? Tendrá que serlo. Pero lograrlo requiere dejar de pegarse. Dejar de agrandar la brecha que está destrozando el campo de fuerza feminista, que perjudica a las mujeres y perjudica a las personas trans, separar una a una todas las aristas, que hay miles, y con prioritaria atención a lo que afecta a menores, analizar a fondo y atender todos los peros; y practicar escucha a otros razonamientos, conocimientos y vivencias, para un trabajo de autorevisión.

Yo estoy dispuesta. Asumo que mi conocimiento es parcial y estoy en modo escucha, dispuesta a la enmienda. Pero hagámoslo todas, por favor. Que nos jugamos mucho.

Pido finalmente disculpas a las personas trans si, por ignorancia, añado peso a su pesar – nada más lejos de mi intención -; y pido disculpas al conjunto de las mujeres, a todas ellas, por haber tardado tanto en comprender que, efectivamente, impregna nuestro presente una corriente ideológica de fondo que reinscribe el género, de nuevo y como siempre, aunque desde planteamientos mucho menos reconocibles; un pensamiento pro-género que debemos a todas luces confrontar.

Maria Freixanet Mateo, abril de 2021.