¡Que se abra paso la humanidad!

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La oscuridad de este domingo tendrá consecuencias profundas en Catalunya. La brutalidad policial. Desproporcionada. Enormemente indiscriminada.

Contra personas quietas, manos arriba, movilización pacífica. Niños. Mujeres mayores. Cientos de heridos. 844 y la sangre. Imágenes que no olvidaremos nunca.
Y una enorme herida social que cada día que pasa es más profunda.
Denunciaremos, claro.

Y nada justifica nada.
La violencia anula la democracia.
La violencia anula el debate público.
La violencia anula la normalidad.
La violencia anula la política.
La violencia anula la vida.
Y por eso, mi voto fue nulo.

Tenía previsto no votar. Porque se instrumentalizará ese voto. Porque lo que necesitamos es un referéndum capaz de retratar el conjunto del país. Y porque me hiere este conflicto sin tregua entre dos cosmovisiones herméticas, pues son el terreno fértil donde germina el odio, y promete derivar a peor.

Pero cuando una parte levanta una bota de hierro, ya no hay nada más que decir. Ya todo es igual.
Salí a votar,
las lágrimas en los ojos,
y este es tu fracaso, Rajoy.

La violencia es siempre una derrota.
Terrorífica desproporción.
Y tiene responsables.
Varios.
Y uno en primer lugar.

Rajoy se ha inhabilitado para gobernar.
Echarlo es una urgencia.
Que pida perdón a nuestros ojos y que se marche. Por este ardor.
Por encontrarse en el origen del conflicto (el Estatuto), por haber dejado podrir la situación (inacción), por no ser capaz de ofrecer una salida (referéndum pactado), por haber culminado en represión (lo de ayer no tiene nombre).

Y más nos vale que nadie celebre nada.
Ojalá no haya quien, del dolor, quiera hacer legitimidad. Porque sólo la democracia legitima.
Porque cuanto peor, peor. Y estamos muy lejos de ganar nada.

Y hoy,
hoy que los ojos todavía lloran,
hoy habría que recuperar los pedazos y volver a empezar.
Abrir caminos de democracia, de diálogo, de sentido común, y de amor.
Cambiar los interlocutores. Depurar responsabilidades, dimisiones. Y eliminar testosterona.

El capital político mostrado ayer – no tengo palabras para tanta gente auto-organizada pacíficamente. Enorme lección – debiera sentar al Estado a dialogar.

Mediación externa. Internacional. Para permitir un retorno a la normalidad democrática. A la palabra. Transitar un referéndum pactado, inevitable. Haciéndonos fuertes en aquellas grandes mayorías que quieren una salida democrática. Superar el colapso.

Con la seguridad de que cada día que pasa ese retorno es más difícil que el anterior.

Es eso, o profundizar en el abismo,
que es la tentación de los dos gobiernos (y la presión de los respectivos extremos), su guión inalterable, irresponsable y sordo, cada uno hablándole a su público; que un nacionalismo inflama el otro y el otro el uno.

Puigdemont, incluso antes del recuento, insinuaba una DUI caiga quien caiga, que este siempre fue el objetivo, no importa si las cifras no lo sustentan o si no incluye ni a medio país. Eso sí; tiene el estado de ánimo de su parte.

Rajoy, un probable artículo 155 caiga quien caiga, suspensión del autogobierno, más regresión, más dolor; no ha variado ni un milímetro su discurso indigno. Vergüenza que pueda seguir siendo un día más presidente de este país. Vergüenza. Y de su parte la fuerza.

Caiga quien caiga, todo,
y de quien cae no conocemos nunca el nombre.

Personas anónimas pagando las incompetencias políticas, los errores.

Y error político es creer que puedes arrasar al otro. Que no necesitas hablar con el otro. Que puedes ignorar o reprimir que existe.
Nadie es lo suficientemente fuerte, nadie es lo suficientemente débil.

Y lo que es seguro es que esto ya no va de sonrisas. De hecho, nunca se trató de sonrisas. Esto va de fronteras. Y las fronteras son zonas sórdidas de las que no llegan verdades. Las fronteras son terreno de violencia.

Y ya nada será igual.
Hemos vivido lo que algunas no queríamos vivir.
Hemos llegado allí donde gritábamos que no queríamos llegar.
A ver chocar la policía contra los cuerpos de nuestra gente.

Y a todo esto el conflicto – con un resultado no muy diferente a lo que ya teníamos el 9N o el 27S, pues en este país nadie convence a nadie porque no hemos empezado a hablar profundamente de nada. – hoy es más agrio que hace unos pocos días. Menos ingenuo.

Porque la violencia lo cambia todo.
Porque la culpa de quien la aplica es inexcusable.
Y porque sobrevuela la posibilidad de ir a peor.

No lo permitamos. ¡Y no lo permitáis, gobiernos!

Mi voto: Caigan todas las fronteras. Caigan todas las banderas. ¡Que se abra paso la humanidad!

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