Pedro Sánchez y lo imposible

  
Ayer miércoles, en el Congreso, pasó una cosa maravillosa que ahora os relataré. Hablo de un cambio. Una transformación que fue sufriendo aquella sala noble a lo largo del día.

La sesión comenzó a las 9h de la mañana tal y como había acabado la tarde anterior: emulando las gradas alteradas y sofocadas de cualquier Barça-Madrid. Aquella tarde anterior (yo estaba allí como senadora, que no tenemos voz ni voto pero nos infiltramos en el debate de investidura), habíamos visto hablar a Pedro Sánchez, sólo a él: llenándonos los oídos de frases vacías. Eslóganes. Lugares comunes. Frases como “mirar al futuro con esperanza” y “el mandato es el cambio” para defender su lamentable acuerdo con Ciudadanos. O “nos une la vida” y “vivir es convivir”, como  paupérrima explicación de porqué él no contempla el referéndum para Cataluña. Cualquier feminista podría explicarle que la convivencia sólo puede ser escogida, sólo puede ser libre. Pero a dónde iba: aquella tarde anterior los populares recibieron al enemigo como de costumbre (con gritos, insultos, desprecios y risas cínicas) y los socialistas ovacionaban a su líder como de costumbre (con aplausos, gesticulaciones, risas triunfales y mucho ruido).

Y la sesión de ayer, el Debate, se retomaba a las 9 de la mañana, en el mismo punto. El Congreso era el sitio de siempre: un campo de fútbol. Sale a jugar Rajoy, despliega un discurso lleno de humillaciones y fanfarronerías. Los socialistas le han recibido como de costumbre (con gritos, insultos, desprecios y risas cínicas), y los populares también como de costumbre (con aplausos, gesticulaciones, risas triunfales y mucho ruido). La mala educación era la norma, aunque el nivel de los populares es siempre infinitamente superior. A altanería testosterónica y despreciativa no les gana nadie. En esta sala, amigos y amigas, es donde se pactan las leyes de educación.

A todo esto, y entre réplicas y contrarréplicas de uno y del otro, el acaloramiento de la sala aumentaba, el tiempo se alargaba y aquel Congreso parecía el de siempre. Pero alguna cosa no funcionaba. Porque allí en medio, expectantes, nacía una nueva bancada. Un tercer lugar, justo en medio del hemiciclo, que disentía. Estando ahí presentes y a medida que aumentaban los gritos, nuestro malestar y estupefacción se hacían visibles. Vergüenza ajena y miradas alarmadas.

Y de repente la dinámica comienzó a hacerse añicos. El beso, un detalle de inflexión. Que después que hablara Iglesias – un  discurso poderoso aunque demasiado agresivo, lleno de imprescindibles verdades y principios-, y después que hablara Domènech y su dulce y transparente convicción, de repente un beso en la boca entre los dos dejaba a los populares estupefactos. Un beso en la boca entre dos hombres, y la fraternidad Cataluña-España, es más de lo que sus nervios pueden soportar. Y nuestra sonrisa, que estamos aquí y no tenemos nada que perder. Que venimos con grandes sueños. Y si ellos nos insultan, no respondemos. Y cuando hablan los demás, nosotros les escuchamos. Y las formas tipo “esto no me lo dices en la calle” han comenzado a remitir, como una tempestad dejando paso a la calma; dejando paso ya no a la nuestra sino a su perplejidad.

Que hemos escuchado a Ciudadanos en respetuoso silencio. Que hemos aplaudido la magistral lección de historia de Tardá. Y que cuando hemos retomado la sesión, por la tarde, el tablero de juego ya era otro. Hablaban partidos pequeños, partidos nacionalistas de diversos lugares de España y partidos con poca representación agrupados en el Grupo Mixto. El desprecio hacia las minorías sistemáticamente crea huida de capitales: una gran parte de los populares abandonan el debate durante horas, hasta el momento de la votación. Rajoy el primero (se perdió la mitad del debate).

Pero esta vez, la situación era otra. Existía una tercera grada, una pluralidad de voces, desde Podemos, En Comú Podem y Marea hasta Compromís o Izquierda Unida, desde Esquerra Republicana y Convergencia hasta el PNV y también Bildu: voces divergentes pero que, o bien por ser de izquierdas o bien por sensibilidad nacional -o por ambas cosas- piden un gobierno sin Ciudadanos, sin el PP: un cordón sanitario, un gobierno anclado en la izquierda. Así, una pluralidad de voces, una detrás de otra, hacíamos pedazos el mantra de Pedro Sánchez: “las izquierdas no suman”.

“Las izquierdas sí suman, y raro es que lo diga yo”- incluso llegó a decir Homs (Convergència), y más raro es todavía que nosotras aplaudiésemos. Pero le aplaudíamos. Y el cambio en las formas se apoderó del hemiciclo. Cuando insultan, no respondemos. Cuando nos gusta una idea de otro partido que no es el nuestro, también aplaudimos. Y las palabras con sentido común, apertura de miras, coherencia programática con el socialismo y sensibilidad con la plurinacionalidad del Estado, empezaron a correr; y es así como se presenta toda una bancada heterodoxa, ensanchada y acunada por 69 diputados y diputadas de Podemos, En Comú Podem y Marea, muestra que ya no hablamos de un olvidado Grupo Mixto, de rincones del Estado que no tienen suficiente fuerza, sino que la mixtura es la norma. Y nos encanta. El bipartidismo aquí, en este momento, os aseguro que agonizaba.

A medida que avanzaba la tarde, la evidencia de que el PSOE se equivoca de alianzas se hizo evidente en la sala. Y Sánchez se transformó en un teleprompter. Repitió hasta la extenuación – las izquierdas no suman. Las izquierdas no suman. Las izquierdas no suman. Y con los independentistas no.

Su cara se alarga ante las palabras de un Alberto Garzón brillante, que le explica con toda claridad que no se puede querer hacer política social con la izquierda y política económica con la derecha: y nuestros aplausos hacían retronar la cámara. Y mención aparte merecen los ojos desorbitados de los populares al ver que más de 80 personas aplaudían a la representante de Bildu cuando exponía que la ley no se puede utilizar como límite sino como herramienta y que las mujeres hoy no votaríamos si en lugar de hacer política nos hubiéramos limitado siempre a cumplir la ley. Cataluña y el referéndum copaban buena parte del discurso, las tesis de En Comú Podem y de Podemos –sin referéndum no hay solución para Cataluña- flotaban en el ambiente. Y la demanda principal clamaba al cielo: queremos que los socialistas hagan política socialista. Y así hemos acabado el día. Con la sensación que habíamos cambiado nada y todo.

Que nada había cambiado porque Sánchez no se ha movido de “las izquierdas no suman”, “esto es mejor que el Gobierno de Rajoy” y “las ideologías no deben ser un problema”. Haciendo gala de esto último ha defendido sin matices un pacto con Ciudadanos; un pacto hecho de titulares y lleno de contradicciones. Tantas contradicciones tiene aquel pacto que Ciudadanos opina que es una buena propuesta para el PP y el PSOE opina que es una buena propuesta para Podemos. Rajoy, mal que me pese, lo ha definido perfectamente como un “bluf”.

Punto y aparte: el PP y nuestro espacio político tienen visiones del mundo, valores, principios, fidelidades, planteamientos de lo que hay hacer, de lo que hay que crear, destruir, reformar y reinventar completamente opuestas. Eso se llama ideología. Pues según Sánchez, atención, “si todos somos demócratas, las diferencias ideológicas no son problema”. Y así de fácil, el PSOE compra el marco mental de Ciudadanos, completamente pragmático, recentralizador y de extrema derecha liberal, que intenta colar como no ideológica una propuesta absolutamente ideológica. En la sesión Rivera nombró “accionistas del Estado” a quien tendría que llamar ciudadanía con derechos. Toda una declaración de principios.

Así que nada ha cambiado, ya que ellos son muchos más que nosotros. Pero de alguna manera, durante la tarde del miércoles, os puedo asegurar que su mundo hecho de palabras vacías, consignas aprendidas, insultos a los otros y política-ficción, quedó absolutamente congelado. Cada vez que Sánchez repetía es imposible – es imposible el referéndum, es imposible el gobierno de izquierdas- la comprensión mutua crecía, y su posición era más frágil. Allí dentro, durante un rato, dentro de aquel hemiciclo había cambiado todo.

  

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