No nos has visto ser oposición.

[català / castellano]

Algo que me parece un reto gestionar en lo cotidiano, desde que pisé el Senado y hasta el día de hoy, es hallar la forma, el lenguaje, y el tono de relación con quien representa aquellas ideas que no compartes o incluso desprecias.

Aunar el hecho de que las palabras, las posiciones y los votos que aquí predominan en su mayoría absoluta son las que hunden y precarizan la vida de nuestra gente; con el hecho de que quien pronuncia esas palabras, esas posiciones y esos votos son personas que luego te dan los buenos días en el pasillo, te cruzas en el baño, o hablan contigo en el ascensor.

Si algo tienen los parlamentos, para bien, es que juntan en un pequeño espacio habitual gente que piensa absolutamente distinto. Tan distinto que a veces se necesita esfuerzo de escucha para lograr algo de comprensión sobre aquella parcela de realidad que habita en la vivencia del otro.

Recuerdo perfectamente la cara de estupefacción de una senadora del PP el día – de los primeros que subía a tribuna – que hablé de que necesitamos redistribuir los trabajos y los tiempos, al tiempo que subir salarios. Parecía que le hablaba en klingon. No debía ser muy distinta a la que se me quedó a mí cuando, hace poquito, otra senadora suya acusaba irada la subida a 900 euros del salario mínimo interprofesional de desvarío comunista anacrónico.

Son tres años ya por aquí. Y durante los primeros tiempos, cuando el PP gobernaba, su uso torticero de la cámara territorial – sobre la que mantienen una mayoría absoluta de escaños con una minoría de votos – se limitaba a hacer de muro de contención [disparate 155 al margen]. Con su voto negativo era suficiente para impedir que prosperaran las propuestas de cambio que nosotras – y otras – proyectábamos.

Manteniendo firmes las barreras, estaban tranquilos en su gobierno, que la mafia es la mafia y mientras controla el cotarro todo bien. Esa tranquilidad que les daba poseer lo ansiado, les permitía mantener un tono moderado.

Ahí, debí aprender cómo conversar, dialogar, o buscar dónde podía existir algo de camino, algo de brecha en el muro, e incluso (flipa) algo de consenso – en el Pacto de Estado contra la violencia machista hallamos algunos, por ejemplo, e importantes – entre quienes, desde posiciones absolutamente confrontadas, estábamos dispuestas a tratar en serio y con responsabilidad una materia en cuestión.

Luego, ah; su propia corrupción les echó del poder. La confirmación judicial de que el PP no es un partido que tenga hilillos de corrupción, sino que ES corrupción; consiguió poner de acuerdo a partidos con miradas muy distintas sobre la política en una cosa: Sacar a quien roba de la gestión del dinero de todos-todas es primordial. Y así lo hicimos. Y qué bien hicimos.

Pero de esos días arrastro una frase de una senadora del PP: “No nos habéis visto ser oposición.”

Lanzaba una verdad. Desde que la derecha española perdió el poder, y no lo soporta ahora como no lo ha soportado nunca, que, en línea histórica con el franquismo, siguen sintiendo que el Estado les pertenece a ellos, sus familias y sus élites; pues se han lanzado al fango con los colmillos ardiendo.

De ahí a esta parte, y más con la competencia que les brota por los lados, el PP está rodando sin frenos hacia la esquinita más ultra, hacia ese lugar desquiciado para el que todo vale y todo es alta traición a la patria. Todo es ahora ruido. Y el acoso y derribo al gobierno no-suyo se hace desde la descarada mentira, el insulto directo y la extrema manipulación. Quemando, y tapando las cenizas con una inmensa bandera española en la que no cabe la gente.

Qué hartazgo de banderas vacías, de verdad.

Con todo, también las figuras han cambiado. Donde antes hablaba un portavoz del PP de tono rajoyero, habla ahora Cosidó, tan conocido por dirigir las cloacas policiales como por su mensaje sobre cómo meter mano en las judiciales. Y donde antes tenían voz perfiles algo moderados, hoy despuntan los extremos; las estridencias son credenciales.

El pleno de esta semana, con una senadora insultando con sorna a las víctimas del franquismo, es triste ejemplo de ello. Y el anterior, dedicado íntegramente a hacer comparecer a Sánchez un día que Sánchez no podía venir, da idea del nivel del delirio.

Quizás escribo densa hoy. Pero es que ayer fue día de pleno – durante doce horas y media seguidas discutimos, entre otras cosas, sobre Catalunya, Toros, ETA y Venezuela – y siempre salgo de los plenos con una sensación desértica. La boca seca.

La sensación – o más bien la certeza – de que fuera de este lugar, bien lejos, anda la vida. La vida y su falta de tiempo, sus precariedades. Los precios de las cosas y los exiguos salarios. La gente que se apaña como puede, sus alegrías y sus miedos. Y lidiando demasiado sola con las injusticias acomodadas, apuntaladas, ahí instaladas desde el fondo de los tiempos.

Y que nosotras, todavía nosotras; no tenemos aún la fuerza necesaria para sacar a los parlamentos – el Senado en primer grado – de la farsa escénica por la que demasiadas veces los desvirtúan. La fuerza para devolvérselos a la gente. Para decirles: es vuestro, os pertenece: que lo público no es otra cosa que autodefensa de los humildes, y que la política no es otra cosa que la gestión de la vida compartida, la vida en común.

A tragar saliva, y adelante. Que es absoluta obligación la que tenemos de levantarnos con más fuerza. Obligación. Sin fisuras: obligación.

Foto: Irene Lingua
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